Complejo del fuego E-Mail

En una enorme y hermosa sala, decorada con un estilo clásico, se juntaron algunas decenas de alumnos unidos por un objetivo: encontrar el verdadero conocimiento oculto para las personas detrás del telón de acero. Los presentes eran de muy variada edad, nacionalidad y profesión. Estaban los antiguos y venerables ancianos con sus canas y cuidadas largas barbas blancas. También había jóvenes que apenas habían terminado el colegio. Había varias personas de nacionalidad hindú, profesores de institutos, amas de casa...

Todos se colocaron sobre las alfombrillas esperando la llegada del Sabio de las Montañas Doradas. Reinaba un tenso silencio entre los que aguardaban. Y, pasado un corto espacio de tiempo, apareció el Maestro en el escenario acompañado de dos asistentes. Su vestimenta negra, con el símbolo de Shamballa que brillaba en el pecho, y su gorro alto, ensombrecían su rostro claro y su sabia mirada de ojos transparentes capaces de ver las mas hondas profundidades del alma humana. Aparentemente nada podía ocultarse ante su mirada que todo lo penetraba. Los asistentes eran dos hombres de mediana edad, de complexión atlética y rasgos orientales que caminaban armónicamente. A simple vista era obvio que eran sus discípulos más cercanos. Sus rostros irradiaban quietud, luz y un gran amor hacia el mundo. El Maestro salió al centro del escenario y una ola de admiración recorrió la sala.

El Sabio de las Montañas Doradas pasó el enorme sillón tapizado de terciopelo púrpura, se paró ante el auditórium y se dirigió a los presentes: “Namasté queridos hermanos y hermanas. Realicemos nuestras prácticas pero, antes de comenzar digamos la oración para conectarnos a la Fuerza Superior Suprema”.

Su voz vibraba con eco en la luz plateada de la enorme sala, rompiendo el silencio y despertando la chispa de conciencia de la mente humana. Todos se pusieron en pie. El Maestro empezó a orar junto con los presentes y la sala retumbaba como un trueno:

“Oh Gran Fuerza Divina y Superior. En esta hora nos dirigimos a ti y te pedimos: abre nuestros corazones y limpia nuestra razón para comprender la Gran Verdad que es nuestra vida. Te lo pedimos por tu Gloria. Amen.

Reverenciemos a la gran Fuerza Divina que nos da su bienestar y conocimiento”.

El Maestro y todos los presentes cruzaron los brazos sobre el pecho e hicieron una gran reverencia. Por un minuto, en la sala reinó el silencio. Ahora, más que nunca, todos sentían la cercanía y unidad de las Fuerzas Superiores. “La bendición de la Fuerza de Shamballa esté con ustedes. AUM”, pronunció majestuosamente el Maestro levantándose y enviando corrientes de energía cósmica con las manos abiertas. De sus manos salieron ondas de Phrana transparente, llenando los corazones de los presentes. “Siéntense queridos míos” pronunció majestuosamente el Maestro. Los presentes bajaron lentamente a sus alfombrillas. El Maestro ocupó su lugar en el trono, mientras que los dos asistentes se ubicaron a los costados del escenario sobre sus cojines.

“Adopten la posición ‘Vazhrasana’, con la columna recta y el cuerpo relajado. La respiración es calmada y tranquila. Desapeguen su atención del mundo exterior y diríjanla hacia el interior de sí mismos. Sientan su cuerpo y su ser. Sientan la Gran Fuerza Divina junto a ustedes que les está observando quieta, compasiva y desapegadamente en este momento. Abran sus corazones y dejen entrar en ellos la bienaventuranza del poder divino. Sientan cómo una corriente de bienaventuranza que viene de la Fuerza Suprema baja a ustedes por la coronilla, por el cuerpo, por todos sus canales y después irradia sobre toda su aura. Sientan cómo la Fuerza Divina llena todo su ser y lo transforma en un ser mítico semi-Dios y Hombre. Hagan una inspiración, una expiración y una reverencia e inclínense ante la grandiosidad y el poder ilimitado de lo divino”.

Los dos asistentes se inclinaron hacia adelante con los brazos estirados y rozaron el suelo con la frente. Todos los alumnos repitieron el gesto tras ellos.

“Retengan la respiración en la exhalación. Relájense. Fusiónense con la corriente que viene de Dios hacia ustedes y permanezcan en esta posición el tiempo que puedan retener la respiración antes de exhalar. A continuación, levántense suavemente y tomen asiento”.

Los presentes se mantuvieron por un rato en esta posición y después se fueron levantando lentamente, uno tras otro. Los últimos en ponerse en pie fueron los Yoghis de barbas canosas y los asistentes del Maestro.

“Sin perder el estado de meditación, realicemos el Ejercicio del Fuego”, retumbó la voz de Maestro.

Su discurso se destacaba por encima de la música majestuosa y penetrante de Shamballa.
Y añadió: “Imagínense que son una llama brillante, potente que da la vida a todo lo existente. Son una pequeña llama de una vela y también un incendio enfurecido”.

Posición 1. Apóyese sobre la rodilla izquierda y doble la pierna derecha con la planta del pie en el suelo. Ponga las manos ante el pecho. Imagine cómo vibra con el viento.

2. Inhale y dóblese hacia la derecha.

3. Inhale y dóblese a la izquierda.

4. Exhale y regrese a la postura erguida.

5. Sin cambiar la postura de las manos, inhalando gire su cuerpo a la derecha al máximo. Imagine cómo crece la llama.

6. Exhale y retorne a la posición inicial.

7. Inhale y gire a la izquierda.

8. Exhale y retorne a la posición inicial.

9. Inhale e inclínese hacia atrás. Lleve los brazos detrás de la cabeza. Imagine cómo explota la llama.

10. A continuación, siéntese sobre el pie izquierdo y estire la pierna derecha hacia adelante. Tome con las manos la planta del pie derecho y toque la rodilla con la cabeza. Exhale.

11. Levántese exhalando lenta y suavemente y cambie la posición de los pies.


Apóyese sobre la rodilla derecha, doble la pierna izquierda apoyando la planta del pie en el suelo y dóblese a la izquierda.
Realice el mismo ritual en ambas direcciones.

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