Libro de Guru Pfaski: Parte I E-Mail

Pasaba el tiempo y parecía que en Leningrado se habían olvidado por completo de Avtandil Lomsadze y de sus increíbles aptitudes. Pero no era así, lo recordaban no sólo en Leningrado, sino también en Moscú. Una noche, alguien golpeó la puerta de su apartamento. Eran dos hombres de mediana edad. Su respiración agitada indicaba que habían subido a toda velocidad por la larga escalera. Eran de la misma estatura y como similares en algo. Tras saludar con amabilidad, preguntaron por él.

-¿Con quién tengo el gusto? –respondió éste.

Ambos se miraron y sacaron al mismo tiempo sus documentos. Uno de ellos nombró su apellido y cargo en los órganos del Comité de Seguridad Estatal, y le acercó los papeles.

-Estimado Avtandil -empezó el mayor de ellos-. Ha enfermado gravemente una persona muy conocida. Su actividad es extraordinariamente importante para nuestro país. La situación es que necesita urgentemente someterse a una operación seria, pero tiene contraindicada cualquier anestesia, con riesgo para su vida…

-¿Y en qué le puedo ayudar?

-Sabemos que estudió en la India, conocemos sus inusuales capacidades. ¿Podría hipnotizarlo o dormirlo para que pueda ser operado sin anestesia? Se trata de salvar a una persona.

Avtandil se quedó pensativo. Desde su punto de vista no sería una sanación, sólo una influencia por el bien de otro. No significaría romper el encargo del Maestro. Estaba seguro de su fuerza, pero la responsabilidad era muy grande. ¿Y si ocurría algo que no dependía de él?

–Piénselo. Haría un bien no sólo a una buena persona y sus parientes, sino a todo el país. Sin exagerar.

–Estoy de acuerdo –contestó con firmeza Avtandil Lomsadze.

–Entonces debemos partir de inmediato. El tiempo apremia. Abajo nos espera un auto y en el aeropuerto hay un avión.

Muy pronto, Avtandil se encontraba ya en la clínica del Kremlin. Alrededor todo brillaba impecable. En salones amplios había cómodos sillones de cuero, flores en floreros de cristal, espejos enormes. Caminillos de alfombra en los pasillos y un personal atento y sonriente.

Le dieron un delantal blanco resplandeciente. Acompañado por el profesor-cirujano y varios doctores más, Avtandil entró en la estancia donde el enfermo yacía sobre una cama ancha. La tenue luz del amanecer iluminaba el rostro atormentado del enfermo. Su frente estaba cubierta de sudor. Junto a la cama se encontraban, sin moverse, un doctor y una enfermera. Por sus gestos atentos y cuidadosos se podía adivinar que la persona acostada tenía un alto cargo estatal. Los primeros rayos del sol y el lujo de las instalaciones eran un contraste desagradable con el ser humano que se apagaba. Su alta carrera, los honores de todos alrededor, una vida asegurada, todo se ensombrecía ante la conciencia de su indefensión física que hacía que creciera el valor de la vida en sí misma. Los recién llegados saludaron. El enfermo respondió. Su voz era débil, pero la mirada decidida. Era un general-teniente. Miró al profesor-cirujano.

–¿Ya es hora de la operación, profesor?

El doctor asintió.

–Pronto empezaremos. Pero mientras hable con nuestro joven doctor.

 
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