Qué fácil es olvidarse de que nuestros grandes dotes y habilidades especiales pueden alejarse de nosotros en una fracción de segundo en el momento en el que nos comenzamos a sentir arrogantes, ¡engreídos, pasos por delante y por encima de todas las personas! ¡Esto les puede ocurrir a las mejores personas entre nosotros! Él no es una persona común, no es un sanador a través de las palabras, sino que es un verdadero sanador de almas: puede ser una canal perfecto de la Divina Sabiduría, verdaderamente capaz de llegar a la esencia de la enfermedad de la persona, a su causa, ya sea en el presente o en las vidas pasadas. Esta es la razón por la cual, con toda la razón, algunos lo llaman ‘sanador espiritual’ o ‘curandero kármico’.
Sin embargo, ¡él ha pecado! La oportunidad de ver sus defectos (y los puso a la derecha) se había materializado en frente de sus ojos en la forma de una mujer extremadamente gorda. Había empezado a juzgarla, a criticar su forma de pensar, su manera de ser consigo misma, incluso el nivel de sanación que ella esperaba recibir. "Por supuesto", él había pensado "¡Ella es tan ignorante!" No, no precisamente con estas palabras..., Pero ésta era la esencia. No había sido capaz de ayudarla: nada de lo que hizo o intentó funcionaría. Su actitud de juicio y su vanagloria habían roto la conexión con la Divina sanación, la única fuente de sus dotes como curandero. Solo en su habitación había gritado con todas sus fuerzas, con todo su ser, con toda la furia que podía reunir en contra de sus ideas repugnantes, sin descanso: "¡Lo siento, Dios mío!” "¡Lo siento!" Furia hirviendo de su ser y, con ella, el dolor, la oración, un profundo deseo de perdón, y sólo entonces, su corazón se limpio, su espíritu se liberó del fantasma de la superioridad... ¡¡Sanador, cúrate a ti mismo!!