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El Mensajero de las Estrellas: Parte I E-Mail

El Sol se estaba poniendo, adornando los picos de las montañas del Tíbet, cubiertas de hielos eternos, de hermosos colores rojo púrpura, violeta, amarillo y, de repente, aparecía algún verde.

 

El Sabio de las Montañas Doradas, junto al Gurú Sotidanandana, sentados junto a la entrada de una caverna, conversaban y acompañaban los últimos rayos de luz de la estrella por nombre Sol. Este salió de nuestra vista, pero sus rayos continuaron traspasando las nubes y apareció en el horizonte una forma fenomenal de colores e imágenes no terrenales. Y así estos rayos de luz se introdujeron en las sombras y ahora sólo la luz de la hoguera alumbraba la sabia cara del maestro y la cara del alumno. “He ahí otro día que se ha apagado en este planeta”, dice el maestro Sotidanandana, para agregar luego: “La noche es como una pequeña muerte que nos abre la puerta hacia otro mundo”.

 

El Sabio de las Montañas Doradas pregunta al maestro: “¿Por qué la noche nos abre esta puerta?”. “Porque esta noche el hombre tendrá un sueño profundo y ese sueño es justamente ese otro mundo, el plano celestial hacia donde nuestra alma viaja después de la muerte. Pero la noche es corta y la persona no alcanza a entender qué es lo que ahí sucede. Para extender esta noche los yogui ejercen una práctica llamada Pratiaja (práctica de aislamiento encontrándose en plena oscuridad, silencio e inmóvil). En ese estado la persona comienza a ver el mundo celestial y a conversar con diferentes seres de este mundo y, dependiendo del estado, de la sintonía de la persona, puede encontrar ángeles o demonios, trasladándose al pasado o al futuro. Al yogui se le enseña a ver y a estar en diferentes sectores del mundo de los sueños, comienzan a abrirse misterios, uno de los cuales es aquello que fue, es y será en este mundo, en un mismo instante y en sus diferentes áreas y segundos. Todos estos acontecimientos se forman primero en el plano celestial y después se materializan en lo físico”.

 

“Pero en el mundo de los sueños la verdad se nos representa en forma simbólica. Por ejemplo, ves agua pantanosa y sucia, eso es para mal; y una fuente de agua limpia, significan acontecimientos positivos”.

 

“¿Y si yo veo un gato negro? -Pregunta el Sabio de las Montañas Doradas - ¿significa esto lo mismo que en nuestro mundo significa un gato negro?”. “Es sinónimo de tragedia”, respondió el maestro. El Sabio de las Montañas Doradas recordó, entonces, como en su infancia caminaba hacia su casa y, al abrir la puerta, entró a saltos un gato negro. Nadie supo de dónde salió y lo que sucedió fue una tragedia. “Sí -respondió el maestro, leyendo sus pensamientos- el gato, por supuesto, no es culpable. Sólo es una simple señal, un símbolo, apareciéndose en nuestros sueños o en la realidad significa siempre lo mismo, cuando las fuerzas negras atacan nuestras vidas”.

 

“Ahora tú tendrás que tomar conciencia de que nuestra vida terrestre no tiene comparación con el mundo celestial y esto es solo una pequeña muestra de lo que sería. tendrás la misión de enseñar a tus alumnos a deshacerse de las ataduras físicas, a abrirlos para que estén preparados para vivir en este hermoso mundo y no reencarnar en ninguno de los planetas de penas donde hay guerras y revoluciones, hambre, campos de concentración, trabajo pesado”.

 

El Sabio de las Montañas Doradas recordó su encuentro con Bango, quien le dijo: “Si ustedes supieran qué es lo que les espera en el otro mundo, dejarían de tener deseos de vivir en este mundo”. “Si esto es una verdad a tus pensamientos -respondió el maestro- entonces ve a esta caverna y ábrela para ti”. Observando el cielo y encontrándose éste lleno de estrellas, el alumno acompañó con su mirada la luna que comenzaba a alumbrar la noche y, dándose vuelta, entró bajo la caverna donde se le tendría que abrir un mundo de maravillas.

 

En la gruta estaba helado. En algún lugar goteaba el agua y, acomodándose sobre un colchón de pasto, el Sabio de las Montañas Doradas entró en meditación desconectando sus pensamientos y se encontró en el aquí y ahora. En el entorno reinaba la nubosidad del subsuelo. El tiempo pasaba y la nubosidad se transformó en luz. “Deja que la nubosidad le enseñe a los ojos, después podrán ver por qué la nubosidad se acaba de llenar de luz”, se respondió el Sabio de las Montañas Doradas. Después, hora tras hora, la percepción del yogui se hizo más nítida, daba la impresión de que él comenzaba a ver completamente las paredes de las cavernas. Los sonidos de las gotas se transformaban.

 

Formaron un sonido gong. Escuchó el sonido de las pulsaciones de su corazón como golpes de tambor, que fuertemente remecían todo su cuerpo como el zumbido de la cascada subterránea.

 

El tiempo pasaba y comenzó a abrirse el tercer ojo, comenzaron a aparecerse moscas blancas, triángulos de colores y círculos. Su tercera oreja comenzó a escuchar pedazos de frases, sonidos de música. Así se abrió a la percepción de los cuerpos celestiales, a la percepción de los mundos de los sueños. El sabía que la decisión estaba tomada y muy tranquilo aceptaba lo que sucedía en su entorno, sabiendo que si caía en pánico identificándose con lo sucedido, podría quedar loco. De a poco comenzaron a aparecer diferentes imágenes, diferentes caras. Estas imágenes comenzaron a detenerse ante sus ojos, la bella y la bestia, el inválido y el oro, ángeles y demonios. Todos lo acorralaron y de a uno lo asustaban, le causaban dolor, le enseñaban, le tenían compasión. El sabía que las imágenes del astral inferior, el infierno de su subconsciente, salían al exterior. El infierno se estremecía, se destruía la tierra, asesinaban a su maestro, violaban a su madre, fue llenado en oro junto a una mujer hermosa y desnuda, pero nada pudo romper con el temple del gran yogui. Así, en un instante, desapareció todo, irradiando una luz incandescente y divina. Saltó una llama, saliendo de ella su gurú Sotidanandana.

 

“Has pasado por el infierno y debes haber entendido que el infierno es parte de nuestra propia imaginación. Somos nosotros quienes nos identificamos con ello. Vuelve al pasado y recibe el conocimiento de las civilizaciones antiguas”. La llama desapareció y el Sabio de las Montañas Doradas se observó sobre un océano sin costas. Volaba. Apareció frente a él un enorme volcán, que expulsaba una nube con forma de hongo y ceniza, vomitaba enormes piedras y la lava corría como río cubriendo todo en su recorrido. Enormes pedazos de tierra y piedra se destruían a su paso, alcanzando las aguas que salpicaban al contacto con ésta, reposando después en el fondo del mar. Así las olas se esparcieron por todas partes. De pronto pudo ver un pequeño barco que se alejaba de este continente en llamas. “Estás observando el hundimiento de la Atlántida”, escuchó que le musitaba una voz en su oído.

 

El yogui voló hacia la pequeña embarcación y vio sobre su cubierta a un grupo de sacerdotes que, elevando sus manos hacia el cielo, comenzaron a orar. La cara de uno de ellos le pareció conocida. “¡Pero si es Ridgen Dzhapo!”, exclamó. “Está abandonando la Atlántida para llevar conocimientos a la gente de Egipto”, susurró una voz. El yogui sobrevoló el pequeño velero y comenzó a escuchar palabras de una antigua oración de los sacerdotes de la Atlántida:

 

Oración 24 reglones.

 

Yo he nacido aquí, en la prisión de mi cuerpo

Yo, confundido entre los deseos

Yo, enlazado a la mentira

Yo, te llamo ¡Cielo!

 

Yo, creado para el sufrimiento

Yo, que me he adaptado a la esclavitud

Yo, habitante de los deseos irrealizables

Yo te llamo, ¡Eternidad!

Mi vida es prácticamente un sueño

Mi vida es casi una locura

Mi vida se extiende ebria

Cómo he de llegar a ti ¡OH, Señor!

 

Mi objetivo son como raíces de montaña

Mi razón son lágrimas de pájaro

Mi pensamiento es la respiración del pez

El sonido de los pasos de los gatos, son mis alcances

Tu misma luz,

Inalcanzable para el ciego

Tu mismo ojo de la verdad, que no escucha al sordo

Tu divinidad, para la cual no existe corazón

¿Cómo encontrarte, Grandeza?

 

Dame la visión para verte,

El oído para escucharte,

Dame el corazón para la generosidad

¡Y así podré convertirme en Ti!

Dame la fuerza para destruir la confusión,

Dame la fuerza para servirte, Dios

Dame la muerte para desaparecer

Evaporarme en ti, ¡Fusionándonos!

 

Mientras escuchaba las oraciones, se observaba la desaparición de la costa. Bajo las olas se perdían para siempre las torres de pirámides. Por último, se esfumaba la boca del volcán, que continuaba lanzando gases, lava y piedras. Ese fue el final de la Atlántida. Solo la pequeña embarcación y sus pasajeros continuaban su viaje, logrando sortear semejante catástrofe.

 

Al término de la oración, el Sabio de las Montañas Doradas se posó sobre la embarcación, respetuosamente se inclinó ante Ridgen Dzhapo e inmediatamente se dio cuenta de la situación.

 

“De pie, hijo mío”, pronunció. “No en vano estas aquí. Este es el conocimiento por el cual te has acercado. Consérvalo en tu corazón y llévalo a la gente, pues está cerca el Armagedón. Lo que le sucedió a la Atlántida se puede esperar en tu tiempo, sobre la Tierra”, advirtió.

 

“La gente se identificó con sus deseos, con sus instintos, como resultado de su imaginación enferma, solicitándole a Dios pequeños favores. Inclusive recurrieron a la magia negra para lograr sus ilusiones religiosas, creyendo en la salvación de sus almas de este mundo. Se identificaron por completo con el trigo, con el ganado, con sus generaciones. Sus pensamientos sólo estaban en sus parejas sexuales o en una nueva victoria bélica. No escucharon nuestras advertencias. Entonces se rebasó el vaso, obteniendo así su exterminio. Advierte a tu gente en tu futuro. Que no se preocupen por multiplicarse, por guerras, que no se ofendan mutuamente. Que salven sus almas, creando oraciones como las que escuchaste. De otra manera sobre la Tierra caerán siete enfermedades incurables. Morirán debido a ellas millones y millones de seres humanos, reduciendo la ya sobre poblada Tierra”.

 

“¡OH!, sacerdote de sacerdotes -pronunció, dirigiéndose a Ridgen Dzhapo-, ¿podrían ser el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida o la Hepatitis-C algunas de esas enfermedades?”. “¡Así es!”, respondió. “Sólo mis oradores y aquellos seguidores de Shamballa serán los elegidos. ¡Recuerda esto!”. E inclinándose respetuosamente tomó la determinación de salvar a la tierra. Recordando los últimos instantes del continente, preguntó: “Vi pirámides, pirámides idénticas a las de los antiguos egipcios. Quisiera saber ¿cuál es la razón por la cual son idénticas?”. “Alguna vez, sobre la Tierra, existió un solo continente. Europa, Asia, África, América, Oceanía y la Atlántida tenían una sola costa. En aquellos tiempos la gente se asemejaba más a los simios salvajes. No existían civilizaciones, no existían culturas. Pero las fuerzas del cosmos enviaron a seres no terrenales, pequeños, que sobrevivían gracias a la energía solar, como lo hacen las plantas. Sólo que ellos eran poseedores de una gran inteligencia, que compartieron con seres parecidos a los humanos, extinguiéndose el resto para quedar sólo los semejantes a ti”.

 

“Fueron ellos los que sobre la Tierra construyeron los primeros templos cósmicos que acumulaban energía del universo. Algunas de estas construcciones son las actuales pirámides de Egipto. Aquellos seres entregaron inteligencia y enseñaron su verdadera religión, la que fue, es y será la apertura del ser humano incondicional a lo superior y el alma del universo-Dios y que, por medio de esta unión, crecerá y se desarrollará para que alguna vez, alcanzada la iluminación, pueda unificarse con Dios”.

 

“Dejaron nuestra Tierra permitiendo ejercer la libertad a voluntad nuestra, ya que sólo el hombre puede elegir el camino de su desarrollo o el camino de su desaparición. Pero no toda la humanidad escogió la verdad. Después de miles de años, algunos comenzaron a olvidar este conocimiento”.

 

“Y así, ese único continente se dividió en partes, las cuales se expandieron a los cuatro vientos para unirse dentro de un tiempo. Las pirámides se quedaron pero su significado cambió por completo, llegando a tal punto que los faraones decidieron convertirlas en tumbas. Así, su religión se convirtió en el credo de los no vivos. Comenzaron a preocuparse de su cuerpo, de su alimento, de la reproducción, de la guerra pero menos de su alma”.

 

“Hoy en día se pueden observar tumbas de reyes o cementerios en torno a las iglesias. Así es como la gente desea interponer e incluir a la religión en sus necesidades. Ve y salva a tu agonizante mundo”, dijo silenciosamente Ridgen Dzhapo.

 

De esta manera, el Sabio de las Montañas Doradas se sintió nuevamente en su cuerpo sentado sobre el pasto de su caverna. Ahora él podía ver todo lo que le rodeaba, se veía alumbrado sin poder encontrar la fuente de origen, entendiendo en un instante que era la luz de su conciencia la que alumbraba la caverna.

 

Poco tiempo después, abandonó la caverna, terminando con la práctica Pratiajara (absorción). Fuertes rayos de sol alumbraban los picos de las montañas. Por los cielos flotaban nubes, cantaban los pájaros, las hojas de los árboles brotaban. Sólo que el Sabio ya estaba enterado de la existencia de otro mundo. Un mundo más iluminado, donde con facilidad podía desplazarse en el tiempo y en el espacio, donde no sufriría de hambre y de frío, lugar en que los deseos se cumplen a la velocidad de los pensamientos. Un mundo donde nada es imposible. Un mundo celestial, que desde ahora le parecía más real que nuestro mundo terrenal.

 

Así, observando la maravillosa naturaleza, sintió la presencia de su gurú Sotidanandana que, como de costumbre, apareció de la nada. Sabiendo y entendiendo las pericias por las que tuvo que pasar su alumno, lo recibió con una sonrisa, la sonrisa de Buda.

 

“¡Namaste!”, saludó el Gurú con un gesto. El Sabio de las Montañas Doradas tomó asiento en posición de loto, a la espera de las enseñanzas de su Gurú y, mientras, dialogaba internamente, en su cabeza daba vuelta una sola pregunta:

 

“¿Será posible que las pirámides y todas esas maravillosas construcciones fueron levantadas por seres extraterrestres? ¿Cual es la razón de su visita y enseñanza?”

 

“Preguntas, preguntas y más preguntas”, lo interrumpió el Gurú en voz alta. “Pronto tendrás las respuestas a esas y otras preguntas más. Gracias a la práctica Pratiajara, podrás ser testigo de cómo y cuando sucedió”.

 

“¿Y pueden otras personas hacer uso de esta práctica?”, preguntó el alumno, agregando: “¿Y cuál es el fin de dichos conocimientos?”. “Primero que nada, Pratiajara tiene que estar bajo supervisión directa del maestro”, respondió seriamente. “La persona tiene que estar preparada, tiene que haber tomado la decisión y estar equilibrada para que las imágenes del astral inferior no la vuelvan loca. Para desarrollar su determinación, tiene que acatar su disciplina y conocer los cuatro pasos anteriores de yoga: yama (normas de higiene, relacionadas con alimentación, sexualidad, otras), niyama (normas morales o éticas, como no mentir, no robar, etc.), asana (postura o control del cuerpo) y pranayama (manejo de la respiración). Después, uniendo fuerzas puras y limpiando anteriormente nuestro organismo y nuestro corazón, entraremos en ayuno durante 40 días. Entonces los misterios del mundo se abrirán a la búsqueda de la razón. AUM!


 
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