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CARTA DEL MAESTRO #6: ¿PARA QUÉ DIOS CREÓ AL SER HUMANO? E-Mail


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¿PARA QUÉ DIOS CREÓ AL SER HUMANO?

¿Para qué el amante Dios creó al hombre, si sabía el triste destino que lo esperaba?

Esta pregunta sigue siendo actual incluso en nuestros días, ya que difícilmente en el mundo de hoy existe menos desgracia y dolor que en las épocas bíblicas. Pero para contestarla, primero hay que entender lo siguiente: ¿qué es exactamente el sufrimiento? Y, ¿sería más feliz la humanidad  si perdiese la capacidad de sufrir?

El contador de Geiger

Seguramente cada ama de casa conoce el olor a gas proveniente de una cocina en la cual por un descuido se ha derramado algo. Es tan desagradable el olor que incluso la persona menos informada en el tema de seguridad comprende de inmediato que se debe ventilar con urgencia el lugar. Sin embargo, no todos saben que el gas en su estado natural no tiene ningún olor. Ese olor que sentimos de vez en cuando en nuestras cocinas es el resultado de arduos esfuerzos de químicos especialistas que desarrollaron una sustancia especial con un olor infame: el odorante. Este se aplica especialmente al gas de cañería para que cualquier persona que lo sienta pueda detectar rápidamente la fuga. El odorante huele mal, pero sin él, el imperceptible gas podría causar muchas tragedias.

De igual manera, es erróneo percibir el sufrimiento como un mal. El sufrimiento es una reacción de nuestro ser frente al mal, una señal de alerta que exclama: “¡Hombre, ten cuidado! Estás en el radio de acción de un proceso destructivo. ¡Cuídate!”

Uno puede pisar un clavo, sufrir con los remordimientos de la conciencia, o estar enfermo por culpa de una resaca… Las causas externas del sufrimiento pueden ser las más diversas, pero la esencia de los sufrimientos es siempre la misma: es cuando una persona ha sido tocada por el mal. Y este mal hará todo lo posible por aniquilarla.

Este mal es invisible y actúa a escondidas. Y si nuestro sufrimiento no nos advirtiese sobre su cercanía, ya hace tiempo hubiésemos muerto por una infección en la sangre, por intoxicación con alcohol o por las consecuencias de nuestros actos pecaminosos ante los cuales nuestra conciencia hubiese dejado de reaccionar con el dolor de nuestra alma.

Para comprender mejor la relación entre el mal y el sufrimiento podemos recordar la tragedia de la estación nuclear de Chernobil. Habiendo liquidado los efectos la gente se enfrentó a un peligro mortal que la naturaleza humana es incapaz de identificar, porque la penetrante radiación mata sin dolor. Simplemente en nuestro cuerpo no tenemos órganos receptores que reaccionen ante un fondo radioactivo elevado.

Ahora imagínese: un trozo de vereda en una ciudad cualquiera frente a un edificio de varios pisos. En el asfalto hay una carita sonriente dibujada con tiza, una colilla de cigarro y la tapa del alcantarillado. La verdad, no hay nada especial. Pero acá se ha escondido la muerte. En este sector de la vereda hay una “sucia”mancha cono fondo radioactivo de 1800 microrentgen por hora. El nivel tolerable es de 15 y uno letal es de 180. Una persona que se lance desde el duodécimo piso tiene más probabilidades de sobrevivir que quien simplemente se quede parado sobre esa mancha por unos minutos. La posibilidad de ver este peligro sólo es posible con la ayuda de instrumentos especializados, los llamados “contadores de Geiger”, que registran y miden el nivel de la radiación y frente a un alza por sobre la norma advierten a las personas sobre la muerte invisible que se ha escondido en algún lugar cercano.

La capacidad de sufrir, al igual que el contador de Geiger, nos ayuda a sentir la proximidad del mal, el cual no se puede detectar de otra forma. El sufrimiento no es el mal, es una protesta en contra del mal. Es un destello de dolor en el lugar donde el mal ha tocado al bien.

Pero, ¿cuánto mal existe entonces en el mundo, si éste está lleno de sufrimiento? ¿Qué es ese mal, que obliga a sufrir a las personas? ¿De donde salió ese mal? ¿Por qué Dios no lo destruye de inmediato y para siempre, si es bueno y todopoderoso?

 
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